Breve que te quiero breve: El mexicano que escribió por años en RD
Por Sandy de la Rosa
Hay personas que pasan por un país y dejan una huella profunda; otras pasan por la vida dejando palabras, ideas, afectos y recuerdos que deberían sobrevivirles. Pero también están aquellos a quienes el tiempo, inexplicablemente, termina borrando de la memoria colectiva.
Hoy quiero recordar a uno de ellos: Juan Carlos Garcia, un mexicano que hizo de República Dominicana su casa, que durante muchos años trabajó su columna Breve que te quiero Breve en el desaparecido vespertino y ahora solo digital periodico El Nacional, ademas laboró en una oficina de relaciones públicas del Estado y que, pese a su talento y a todo lo que aportó, terminó sus días en la pobreza y prácticamente en el olvido.
Lo conocí y puedo decir que detrás de aquel hombre había mucho más que un extranjero viviendo en tierra dominicana.
Era un hombre de letras, de conversación y de pensamiento. Su sensibilidad quedó plasmada en la poesía y llegó a recibir reconocimientos en universidades por sus libros de poemas.
También dedicó buena parte de su vida al trabajo de comunicación y relaciones públicas dentro de una institución publica, desde la cual puso sus conocimientos al servicio de una sociedad que terminó adoptándolo como uno de los suyos.
Quizás lo más doloroso de esta historia no sea solamente cómo murió, sino cómo lo hemos olvidado. Aquel hombre que alguna vez escribió, que recibió premios, que trabajó, que compartió con periodistas, policías, estudiantes y ciudadanos; aquel mexicano que durante tantos años caminó nuestras calles y entregó parte de su vida a este país, hoy parece no existir en la memoria pública.
No hay grandes homenajes, no hay placas. Y probablemente muchos que hoy trabajan en comunicación ni siquiera sepan quién fue.
Por eso escribo estas líneas. No para fabricar una gloria que no le corresponde, sino para rescatar del olvido a un ser humano que merecía algo mejor. Murió en la miseria, pero no debería morir también en nuestra memoria.
Tal vez no pueda cambiar la historia ni devolverle los años que le faltaron, pero sí puedo hacer algo: poner nuevamente su nombre sobre la mesa y preguntar por qué somos capaces de olvidar tan fácilmente a quienes un día nos dieron lo mejor de sí.
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