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Cocinar, ir al baño, bañarse: la dura vida de los sobrevivientes del sismo

Cocinar, ir al baño, bañarse: la dura vida de los sobrevivientes del sismo

En el pequeño pueblo italiano de Camarda, en la región de Abruzos, devastada por el sismo del lunes, los damnificados no tienen más remedio que arreglárselas y se lavan en un riachuelo, hacen sus necesidades detrás de un árbol y cocinan con fogatas.

"Las carpas azules del Ministerio del Interior las recibimos sólo hoy, tres días después del sismo. Las dos primeras noches los habitantes tuvimos que dormir en un autobús de mi empresa de transporte", cuenta a la AFP Paolo Boccabella.

En medio de un terreno, bajo el dulce murmullo de un arroyo, Paolo le corta los cabellos a su cuñado, una escena casi bucólica sino fuera porque detrás se avista la montaña con el pueblo derrumbado por el temblor que arrasó la región.

Camarda, localizada a 785 metros del altitud, sobre la carretera que conduce a la famosa cima nevada del Gran Sasso, tuvo suerte: todos sus habitantes se salvaron, aunque la mayoría de las casas fabricadas con piedra se agrietaron o quedaron semidestruidas.

"Ha sido difícil, muy difícil. Nos acaban de entregar las carpas, pero no hay nada dentro. Tuvimos que regresar a nuestras casas para sacar por lo menos los colchones. Nos prometieron instalar baños químicos, pero no han llegado. Nuestro baño se encuentra allá, detrás de los árboles, algo desagradable para las mujeres", admite Fernando Alloggia, de unos cuarenta años.

"Me lavé los pies en un palangana con agua del torrente, pero eso es todo, de verdad huelo muy mal", sonríe frente a la carpa asignada a su familia.

"Nos ajustamos, así es. Hay mucha solidaridad. Cocinamos en una parrilla, mientras llegue la cocina móvil que nos prometieron", cuenta Fernando.

En la tienda de campaña vecina, una mujer cambia el pañal al bebé que llora. Más lejos, una familia instaló una mesa de camping que contiene numerosas botellas de agua mineral, mientras al lado un grupo de adolescentes conversa recostado sobre una manta.

"Que quiere que le diga, no nos hemos quedado con los brazos cruzados esperando que alguien nos resuelva los problemas", recalca Fausto Spagnoli.

"Yo, con paciencia, espero que todo se arregle. Pero me preocupan mis hijos, se quedaron sin escuela. El grande no puede ir a la universidad, todo está como suspendido", resume Paolo Boccabella, mientras sigue cortando cabellos.

A lo largo de la ruta que conduce a L'Aquila, capital de Abruzos, se repite la misma escena: casas agrietadas, desprendimientos, derrumbes y familias instaladas en la hierba sobre colchones, frente a carpas y cocinas de campo.

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